En la reunión de nuestra Comunidad de Cristianos de Base de Gijón de este mes
de octubre, se planteó la posibilidad de estudiar y debatir el Concilio de Nicea,
cuyo 1.700 aniversario se conmemora en este año 2025. Aunque se expusieron
reparos que lo calificaban de tema anacrónico, alejado de los problemas de nuestra
época, consideramos que las consecuencias de Nicea tienen una profunda e
ineludible repercusión en la realidad actual de la Iglesia y la sociedad. Es preciso
examinar a fondo esta cuestión.
Al buscar materiales sobre Nicea en Internet, se encuentran bastantes textos sobre
el tema, pero la mayoría de ellos centran su valoración en la culminación teológica
de la asamblea: la proclamación de la divinidad de Jesucristo como «Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza
que el Padre». Es sabido que esta sigue siendo la doctrina, con categoría de
dogma, de la Iglesia Católica Romana y otras iglesias cristianas, impuesta como
condena a la enseñanza de Arrio, presbítero de Alejandría, quien negaba la
divinidad de Jesucristo y sostenía que «el Hijo está subordinado al Padre». Cada
cual puede conceder la importancia que quiera a estos temas teológicos, pero
pensamos que la verdadera trascendencia y el problema persistente de Nicea
radican en otra cuestión. La decisión del concilio podría haber sido la contraria, y
aún así, Nicea seguiría siendo una losa para el cristianismo actual, con un efecto
igualmente nefasto que el que ha tenido.
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a razón real de la convocatoria del
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oncilio no fue aclarar el parentesco de Jesús
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políticos, no teológicos. Como gobernante, buscaba la estabilidad del Imperio y las
polémicas teológicas amenazaban con arruinar la concordia social necesaria. El
concilio respondió a esta finalidad al definir la creencia como “dogma y la
oposición a la misma como “herejía”. Constantino respaldó esta decisión al
desterrar a los obispos que se oponían a la doctrina nicena y encumbrando a
quienes la defendían.
Sin embargo, no consiguió su objetivo político. De hecho, tuvo que contemplar la
gran oposición que suscitaba entre los cristianos el dogma aprobado en Nicea. Por
tanto, él mismo cambió de postura, pasando a defender la doctrina arriana. Arrio
pudo volver de su destierro, y los obispos “homousianos” (los nicenos) fueron, a su
vez, desterrados. Constantino fue bautizado, poco antes de morir, por Eusebio, un
obispo arriano. Su hijo y sucesor, Constancio, siguió apoyando el arrianismo, que
fue por bastante tiempo la religión oficial del Imperio, una realidad que influ
incluso sobre el papa Félix II (355-365) quien aceptó la doctrina arriana y persiguió
a los homousianos o nicenos. Esto fue muy incómodo para quienes, en el siglo XIX
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oletín nú
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- 25 de octubre de 2025
quisieron proclamar la infalibilidad del pontífice romano. Resolvieron la cuestión
declarando “antipapa” a Félix II, pero esto fue una coartada elaborada a posteriori;
durante esos diez años de su pontificado nadie discutió la legitimidad de Félix II,
precisamente porque contaba con el apoyo del emperador Constancio.
La situación cambió definitivamente cuando otro emperador romano, el español
Teodosio, se inclinó por el credo niceno y conde todas las demás corrientes
cristianas. Queda claro que la doctrina eclesial y la legitimidad episcopal dependían
por completo de la voluntad y preferencia de los emperadores. Esto ocurrió porque,
desde Nicea, se había establecido un matrimonio o compromiso indisoluble de la
iglesia con el poder político. De hecho, lo que ocurrió fue que el cristianismo, que
hasta entonces había sido un movimiento de seguidores de Jesús de Nazaret, se
institucionalizó. Se convirtió en una estructura organizada, con normas de
pertenencia (credos, dogmas) y jerarquías con poder.
Y lo que es peor: se perdió la finalidad del seguimiento del Maestro. Jesús tenía un
proyecto subversivo, el del Reino de Dios, que pretendía transformar la realidad,
por eso fue ejecutado. En el esquema organizativo diseñado y aprobado en Nicea,
la asamblea de los seguidores de Jesús se transformó en una Iglesia co
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pro
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con el poder político
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e arrinco el proyecto liberador del
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eino de Dios y se pasó a
apoyar a las estructuras que siempre representaron los intereses económicos de las
clases dominantes. Desde entonces, el objetivo de la Iglesia se desvió: su jerarquía
clerical vende perdón de los pecados, sacramentos de santificación, esperanza de
vida eterna apartando a la gente del proyecto liberador de Jesús.
Desde entonces, la Iglesia institución pasó a ser un componente central del aparato
ideológico del sistema, dándole cobertura a todas las formas de dominio de clase:
desde el esclavismo en la época romana y el feudalismo (con la invención del
“derecho divino” de los reyes), hasta la época burguesa actual, donde defiende la
propiedad privada como un “derecho humano” fundamental, oponiéndose a toda
forma de igualdad y socialización que pretenda fortalecer el sector público en
beneficio de toda la sociedad.
Esa es la verdadera herencia y el problema crucial del Concilio de Nicea: la
naturaleza institucional de la Iglesia, con todas sus servidumbres, y el compromiso
eclesial con los injustos poderes dominantes. Esto se traduce en la convocatoria a
cultos y ceremonias vacías, credos irrelevantes, y la división de los miembros de la
Iglesia en un estado laical que lo controla todo y una base seglar a la que se quiere
mantener en la ignorancia.
Si hemos de estudiar el Concilio de Nicea, debe ser centrándonos en esta proble-
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ática
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os aspectos y conclusiones teológicas no conducen a nada práctico
;
son
,
en
efecto, la parte anacrónica del debate. Debemos ser conscientes de cuánto influyó
el compromiso de Nicea en apartar a los cristianos de la necesaria atención a los
asuntos verdaderamente interesantes de cada época. Y esto es un buen motivo de
reflexión no sólo para nuestro grupo de Cristianos de Base, sino también como
idea a exponer en el ámbito al que podemos llegar con nuestro modesto boletín.