La minoría dominante en la sociedad es estática por vocación. Aunque dispone de todos
los poderes y toda la información que la capacitan para promover los cambios
necesarios y convenientes, jamás los emprenderá si no convienen también a sus
intereses de grupo dominante. Toda modificación socio-económica ha de ser iniciativa
de quien no pertenezca a dicha minoría, y que se posicione en contra de la situación
inmovilizada, lo que significa pasar a una situacn dinámica, de movilización. En el
actual estado de cosas en esta sociedad, la propiedad de todos los factores económicos y
el control de todos los poderes pertenecen a un sector de la alta burguesía, s
minoritario de lo que se cree. El impulso hacia el cambio ha de partir de sectores
sociales ajenos a ella.
Sabemos que la lucha milenaria de los oprimidos de todas las épocas estuvo siempre
bastante ligada a la formulación de reducciones o limitaciones de la duración de la
jornada laboral. La más antigua de estas formulaciones, de la que existe constancia
histórica, es la introducción de un día de descanso después de seis días de trabajo. Antes
de que esa medida figurase en los digos legales y religiosos de los pueblos de la
Antigüedad, fue durante mucho tiempo una aspiración de los trabajadores cuando estos
aún no eran asalariados sino mano de obra es clava. De hecho, la largsima lucha por la
superación de los esquemas de la sociedad esclavista estuvo muy vinculada con la
concreción de medidas como la del descanso semanal, y ello, con la oposición de los
dominadores de entonces, que pretendían que no se podía prescindir del trabajo servil
un día de cada siete.
En época más reciente, de hace poco más de un siglo, ya plenamente iniciada la era
industrial en países que son hoy grandes potencias económicas, se dio la batalla por la
jornada laboral de 8 horas diarias. No fue hasta 1886 cuando se reconoció legalmente
ese derecho, y aún no en todas partes. Recordemos que la lucha -y los muertos- para su
consecución fueron puestos por los trabajadores, ahora proletarios que no siervos ni
esclavos, pero sometidos en ese comienzo de la era industrial a una condiciones de
trabajo y de vida penosísimas, con jornadas laborales de hasta 14 y 16 horas diarias y
explotación de los menores de 15 años y mujeres mayores de edad. La burguesía, nueva
clase dominante, toma el relevo de la represión de las reivindicaciones obreras y
argumenta que la economía no puede soportar la jornada de 8 horas diarias (48 horas
semanales).
Con una argumentación similar, esa clase dominante trata hoy de demostrar que es
inviable la jornada laboral de 35 horas semanales reivindicada por la Izquierda. Cuando
les conviene, están prestos a olvidar que las crisis económicas que padece nuestra
sociedad lo son de sobreproducción, de exceso de capacidad productiva. Desde la
década de los 50 casi se duplico el PIB de los países industrializados. El desarrollo de la
capacidad de producción garantiza hoy que con menos trabajo humano se puede
producir lo necesario para cubrir las necesidades de toda la población. En un sistema
bien organizado es inconcebible que por una parte haya grandes cantidades de productos
sin salida y por otra una masa enorme de personas sin trabajo y sin medios de vida.
El sistema productivo actual no esta organizado para satisfacer las necesidades humanas
sino para producir beneficios en provecho de la minoría dominante. A ésta le interesa
que haya una gran cantidad de parados con el fin de asegurarse mano de obra barata.
Por eso rechazan una medida, como la semana laboral de 35 horas, que pretende
combatir el paro repartiendo el trabajo existente conservando el nivel salarial pues lo
permite la actual capacidad de los medios productivos.
Como siempre, inspiran esta iniciativa los sectores sociales ajenos a la clase dominante.
En Francia, fue votada esta jornada en el Parlamento por parte de la actual mayoría de
izquierdas (socialistas y comunistas). En nuestro país, ya sabemos que quien tiene hoy
la mayoa parlamentaria y el Gobierno representa los intereses de la clase dominante.
Cuando nos aprestamos a dar la batalla por la jornada de 35 horas semanales, es bueno
que recordemos que la situación política adversa no es irreversible, y además, ni con
todo el poder político y económico puede una minoría imponerse a la presión social de
la mayoría si ésta actúa consciente y organizadamente.