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Los días 29 y 30 de mayo de 2026, celebramos en Gijón el 35 Encuentro de Cristian@s de Base bajo el título: “Un mundo en colapso. ¿Hay razones para la esperanza?” y hemos ofrecido análisis, reflexiones y propuestas para salir del mundo en tinieblas en el que nos encontramos.
1. Vivimos en un mundo en colapso provocado por una serie de mega-problemas y sistemas de dominación como son, entre otros, el colonialismo, el patriarcado, el necro-capitalismo, la depredación de la naturaleza, el armamentismo, la xenofobia, el racismo, la aporofobia y la naturalización de la violencia en la vida cotidiana y en las relaciones internacionales.
2. El descontento se ha apoderado de las democracias occidentales y está erosionando la idea de representación, la adhesión a valores liberadores y la convivencia cívica. Las democracias, antaño máquinas de bienestar, se han convertido en máquinas de malestar. Esto se aprecia en cada proceso electoral con el avance de los movimientos de extrema derecha, antidemocráticos y ultraconservadores, hasta conseguir gobernar en numerosos países.
3. Para revertir esta situación es necesario pensar, debatir e imaginar colectivamente el futuro al que queremos llegar, establecer alianzas para rehacer un nuevo “contrato social” y hacer realidad las oportunidades que nos ofrecen la transición ecológica, los avances tecnológicos puestos al servicio de la humanidad más desprotegida, las ventajas de una sociedad feminista donde todas las personas vivamos mejor y la diversidad que aporta la migración.
4. Hoy se imponen las narrativas belicistas, que descalifican lenguajes y prácticas pacifistas y normalizan la violencia. Una de sus modalidades más destructivas es el proyecto colonial y sionista de Israel contra el pueblo palestino y el actual genocidio, con el asesinato de más de sesenta y cuatro mil gazatíes, el hambre como arma de guerra, el desplazamiento forzoso de todos los habitantes de la Franja de Gaza y, en definitiva, el exterminio.
5. Las mujeres, que hemos sido barridas de la dirección del mundo y somos consideradas incapaces de representar al “dios patriarcal”, nos rebelamos contra las leyes discriminatorias en muchos lugares, actuando con rebeldía y practicando la ética del cuidado. Defendemos la interdependencia vital de todo lo que existe, más allá de las jerarquías patriarcales excluyentes.
6. Creemos que el cristianismo radical, yendo a las raíces evangélicas, puede y debe contribuir a salir del colapso en el que se encuentra el mundo. ¿Cómo? A través de la hospitalidad con las persona migrantes, refugiadas y desplazadas, el cuestionamiento de la globalización neoliberal excluyente, la condena del sexismo, la LGTBIQ+ fobia y las masculinidades hegemónicas, el compromiso con el ecofeminismo, que implica la igualdad y la justicia de género y el reconocimiento de los derechos y la dignidad de la naturaleza, la no imposición de la concepción occidental del cristianismo al resto de culturas, y la alianza con los movimientos sociales.
7. En un mundo donde se mezclan las tinieblas y las luces, proponemos un cristianismo marcado por los pluralismos en diálogo, que defienda la justicia económica, ecológica y de género, sin idealismos, pero sin renunciar a la Utopía. Invitamos a caminar juntos desde la periferias al centro, construyendo puentes para la paz, basada en la justicia, la equidad y el respeto a la diferencia, en medio de esta guerra en trozos, contra la naturaleza y la humanidad.
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Estimados lectores y lectoras: desde nuestra condición humana y más cristiana, África debe ser hoy nuestra máxima preocupación, pues en ese Continente están los más pobres de los más empobrecidos de la tierra, en cantidad y en extrema indigencia. Conocer la realidad actual de África es reconocer a Jesucristo en los más pobres de la tierra.
De ahí que sin compromiso con África y sus empobrecidos no podemos decir que somos verdaderos discípulos y seguidores de Jesus de Nazaret, pues El dice: “tuve hambre y me disteis de comer... Cuando lo hicisteis con ellos, a Mi Me lo hicisteis” (Ver(Mateo 25, 31-46”.
Por eso hemos preparado un informe sobre la situación actual del Continente africano con dos partes: la primera, un resumen, para captar lo esencial de lo que allí está pasando, y la segunda un informe más completo, para conocer ampliamente toda la tragedia africana: sus causas, sus causantes y las consecuencias para 755 millones de personas que nacen, viven y mueren en extrema pobreza.
Informe resumido de la situación muy grave que está sufriendo áfrica: Usamos los parámetros básicos que utiliza el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo)
Índice de Desarrollo Humano (IDH): un IDH aceptable tiene que estar por encima de 0,800, pero 755 millones de africanos no llegan ni a 0,600, lo que supone carecer de lo más elemental para vivir: carecer de comida, agua, luz, enseñanza, casa, médicos, medicinas, hospitales, ropa, calzado… De los 54 países que tiene África 34, o sea, 755 millones de personas viven en esa lamentable situación.
Tenemos otros 10 países, que suponen otros 385 millones de africanos con carencias muy lamentables, lo que eleva la cifra a más de 1000 millones de personas carentes de lo más elemental para vivir un poco dignamente. Solo dos países africanos, las Seychelles y Mauricio se aproximan al nivel de vida europeo.
Producto Interior Bruto (PIB): El PIB mide el valor económico de todos los bienes y servicios de cada país, o de un grupo de países. Si lo dividimos por los habitantes del país nos dice lo que le correspondería a cada persona.
Así nos encontramos que África tiene un PIB medio por cada habitante de tan solo 2204 € al año, 6 euros al día. Pero hay países que están con mucho menos, como Sudán del Sur con solo 0,54 € al día, Somalia con 0,83 €, y Burundi con tan solo 0,62 € al día. Si lo comparamos con la media de España que tiene 34.210 € por persona y año, o sea, 93,73 € día, vemos que la diferencia es enorme, y con otros países europeos aun es mayor: en el mundo hay unas diferencias muy grandes, injustas, indignasy totalmente insoportables, que se reflejan en otros grandes problemas, como:
Porcentaje (%) de pobreza por cada 100 habitantes:
El % de media de pobres en situación Servera en África está en el 44,91 %, pero en algunos países es muy superior: Zimbabue 72%, Sierra Leona 70%, Nigeria 70%, Madagascar 71% o Somalia con el 73%. Este porcentaje en Europa se sitúa solo en el 6,4 %.
Tenemos que insistir en la brutal e injusta desigualdad que existe en el mundo, tan contraria a la dignidad humana y mucho más a la condición cristiana que decimos ostentar de amor y fraternidad entre todos.
Médicos: En España tenemos 46,4 médicos por cada 10.000 habitantes, pero en África solo tienen 3,69, pero hay 9 países que no llegan ni a 1: como Somalia 0,2; Tanzania 0,1; Togo 0,8; Lesoto 0,7; Liberia 0,4; Malaui 0,4; Rep. Demo. del Congo 0,7; Repú. Centroafricana 0,7; Sierra Leona 0,3. Estos países suman 263 millones de personas, que en total sólo tienen para todos ellos 4,3 médicos.
Si Europa dispone de 42 médicos para 10.000 y España de 46, la diferencia con África es abismal. Profesionales de Enfermería: Europa dispone de 88 profesionales de enfermería por cada 10.000 habitantes, mientras que África solo dispone de 14 a 18.
Es otra desigualdad clamorosa de las muchas tan injustas que hay en este mundo. Jesús iba por toda Galilea curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mateo 4,23-25).
Precio de los Alimentos y Combustibles: La guerra de Urania dobló y hasta triplicó el precio de los alimentos y combustibles en África, que no paran de subir, según nos lo confirman ahora mismo desde Ruanda: un pequeño saco de arroz que hace un año costaba 11,7 €, cuesta ahora 28,45 €. Un litro de diésel que antes costaba 0,60 €, ahora cuesta 1,75 €.
Fragilidad Estatal: El Índice de Fragilidad Estatal se puntúa de 0 a 120, donde 0 es fragilidad nula y 120 es fragilidad total, la cual supone que el Gobierno pierde el control del país y no garantiza los derechos más elementales de los ciudadanos con alto riesgo de violencia, guerra, anarquismo, emigración, huida a campos de concentración, etc.
En África ya hay 14 países que superan los 80 puntos, 13 superan los 90 y 9 los 100, o sea, 36 países (bastante más de la mitad de África) sufren grave riesgo de colapso.
Expolios de África: Los expolios que están sufriendo los países africanos son un latrocinio que los países ricos cometen con los empobrecidos de África que los empobrece cada día más. Es un verdadero crimen. Veamos:
África, el continente madre, ha sido testigo de siglos de explotación y despojo a manos de las grandes potencias del mundo. Desde la era colonial hasta la actualidad, la riqueza de África en recursos naturales ha sido explotada sin piedad, dejando a sus pueblos en la pobreza y el subdesarrollo mientras las naciones poderosas se enriquecían a su costa.
Actualmente en el Niger y Namibia hay Uranio, en Libia hay Petróleo, en Argelia Gas Natural, en Mauritania Oro y Hierro, en República Democrática del Congo Coltán y Cobre. En Zambia Cobre. La mayoría de estos minerales son explotados por empresas extranjeras de China, EE.UU., Francia, Reino Unido, Rusia, Canadá e India, que se llevan más del 80% de los beneficios, usando mano de obra nativa, esclavizada, a veces infantil. En el caso del oro se usa el cianuro para su extracción generando una gran contaminación para personas, plantas y animales.
Ejemplo: los 56 reactores nucleares de Francia funcionan a base de uranio del Níger, que explota la empresa francesa Areva que se lleva el uranio y todos los beneficios para Francia. Así pasa con todas las demás materias primas.
Acaparamiento de tierras en África: Ya pasan de 83 millones de hectáreas para producir biocombustibles, alimentos para fuera de África, o invertir en bonos para compensar gases de efecto invernadero.
Ejemplo: solo la Blue Carbon ya se hizo con 25 millones de hectáreas a tal efecto. El daño a las comunidades nativas es enorme por quedarse totalmente sin tierra y sin otros medios de vida. En este turbio y cruel negocio están implicadas empresas del R. Unido, USA, China, Emiratos Árabes, Francia, India, Corea del Sur, Italia, Alemania, Noruega, etc.
El cambio climático: Los países desarrollados somos los evidentes culpables del cambio climático, porque somos, con mucho, los mayores generadores de Gases de Efecto Invernadero (GEI), que en África, sin ser culpable del mismo porque apenas genera GEI, sufre temperaturas extremas, graves sequías, enormes tormentas que arrastran personas, casas y tierras, y a la vez gran escasez de agua, inseguridad alimentaria, desnutrición, con aceleración y propagación de enfermedades infecciosas y múltiples desplazamientos forzados de la población.
Veamos dos ejemplos muy claros:
1) La pérdida muy grave de superficie del lago CHAD, reducido a charcas: El Lago Chad que en 1960 tenía 25.000 kilómetros cuadrados, ahora ya no llega ni a los 1.500 Km2 . Su deterioro afectó a la supervivencia de 40 millones de personas, entre las cuales están 300.000 niños que sufren desnutrición grave. Obligó a su vez a desplazarse a millones de personas.
2: Los grandes ríos de África, que pierden caudal sin parar: algunos llegan a no correr o muy poco en algunas épocas del año, como el río Congo (la segunda cuenca fluvial más grande del mundo, después del Amazonas); el Nilo cuya reducción de sus aguas es una amenaza para 500 millones de personas. Las altas temperaturas del Sahel afectan críticamente al Níger que pierde mucha agua por evaporación.
El dolor de África: África, pues, es un gran dolor, un continente lleno de sufrimientos, víctima de toda clase de injusticias, de atropellos, de abusos de los poderosos contra los débiles.
Por eso tenemos que concluir con lo dicho al principio: desde nuestra condición humana y más cristiana, África debe ser hoy nuestra máxima preocupación, pues en ese Continente están los más pobres de los más empobrecidos de la tierra, en cantidad y en extrema indigencia.
Conocer la realidad de África es reconocer a Jesucristo en los más pobres de la tierra.
De ahí que, sin compromiso con África y sus empobrecidos, no podemos decir que somos verdaderos discípulos y seguidores de Jesús de Nazaret.
Proyectos de Cooperación: Los proyectos de Cooperación que un grupo de colaboradores venimos apoyando desde hace unos 25 años, la mayoría fueron para África, dedicados a combatir el hambre con la compra de tierras, a financiar proyectos de salud en hospitales y dispensarios, a promover la enseñanza básica de niños y adolescentes y la formación profesional de jóvenes.
Infinitas gracias a todos cuantos habéis colaborado a su financiación.
Le pedimos al Papa León XIV que mire por y para África, como una opción preferencial de su Pontificado, en coherencia con la opción preferente de Jesús de Nazaret por los más empobrecidos del mundo.
FUENTES DE INORMACIÓN: Land Matrix, GRAIN, Estado del Ambiente en África, PNUD, FAO, Los Señores de la Tierra, Internet, Agriculture GeoPortal, AQUASTAT, AGRIS, SALTO, IA.
Faustino Vilabrille
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Hay una sensación cada vez más extendida entre muchos creyentes: hablamos, denunciamos, escribimos… y no pasa nada. Las palabras caen en un vacío que no produce ningún eco. No es solo frustración; es algo más profundo: la percepción de que la Iglesia institucional ha aprendido a convivir con el conflicto sin dejarse interpelar por él.
No siempre fue así. En los orígenes del cristianismo, la tensión formaba parte de la vida misma de la comunidad. Los primeros creyentes no eran un bloque homogéneo ni un sistema perfectamente organizado. Al contrario, había conflictos, incomodidades y rupturas reales. Los judeo-helenistas, por ejemplo, no encajaban del todo en la primera comunidad de Jerusalén. Se sintieron desplazados, incomprendidos, y acabaron saliendo. Y, sin embargo, fueron ellos quienes llevaron el mensaje más allá, quienes abrieron caminos nuevos.
También la vida de San Pablo está atravesada por esa tensión. Hoy algunos lo consideran casi el gran arquitecto del cristianismo, pero en su tiempo fue cuestionado, discutido y, en muchos casos, rechazado por sus propios hermanos en la fe. No encajaba en una Iglesia cerrada sobre sí misma, que esperaba el final de los tiempos sin arriesgarse a transformar la realidad.
Esa tensión entre apertura y control no ha desaparecido. Pero ha cambiado de forma. Con el paso de los siglos, especialmente cuando la Iglesia se vinculó al poder y a la estructura del mundo, los pastores fueron dejando de ser enviados para convertirse, poco a poco, en gestores. Y ese cambio no es solo organizativo: es profundamente espiritual.
El gestor administra, conserva, protege. El pastor, en cambio, se expone, arriesga, sale al encuentro. Cuando la lógica de la gestión se impone sobre la del envío, la Iglesia empieza a mirarse a sí misma más de lo que mira al mundo. Se vuelve autorreferencial, defensiva, preocupada por su funcionamiento interno más que por su misión.
Por eso no es extraño que, cuando surgen voces que incomodan —ya sea denunciando injusticias, señalando abusos o simplemente pidiendo coherencia—, la reacción no sea la escucha, sino el silencio. Un silencio que no siempre es explícito, pero que se traduce en procesos que no avanzan, respuestas que no llegan o decisiones que parecen ignorar el fondo del problema.
objeto de debate en distintos foros. Más allá de las particularidades jurídicas de cada caso, lo que emerge es una percepción compartida por muchos: la dificultad de que determinadas denuncias o cuestionamientos sean realmente escuchados dentro de las estructuras institucionales.
Esa experiencia de no ser escuchados no es anecdótica. La viven quienes alzan la voz en defensa de la justicia dentro de la Iglesia, pero también —y de forma aún más dramática— las víctimas de abusos, que durante años han encontrado más obstáculos que acogida, más protección institucional que búsqueda sincera de la verdad.
Se genera así una dinámica preocupante: quien denuncia se desgasta, quien sufre se cansa, y quien tiene la capacidad de decidir se acostumbra a no responder. Y poco a poco, sin necesidad de grandes escándalos, se instala una cultura de indiferencia que es profundamente corrosiva.
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En ese contexto, la figura del pastor auténtico se vuelve incómoda. Lo fue en su momento para hombres como Pedro Casaldáliga, Óscar Romero, Samuel Ruiz, o Ernesto Cardenal. No encajaban en una lógica de gestión, porque hablaban desde el conflicto, desde la denuncia, desde una fidelidad al Evangelio que no siempre coincidía con la tranquilidad institucional. Fueron cuestionados en vida y, en muchos casos, reconocidos solo cuando ya no podían incomodar.
Ese patrón se repite. La Iglesia institucional tolera mejor la memoria que la profecía. Es más fácil homenajear a un profeta muerto que escuchar a uno vivo. Porque el vivo interpela, cuestiona, desestabiliza. El muerto, en cambio, puede ser integrado sin riesgo.
Y ahí aparece uno de los problemas más serios del momento actual: cuando quienes tienen responsabilidad en la Iglesia actúan más como gestores que como enviados, pierden el lenguaje de la fe viva. Pueden administrar estructuras, organizar actos, redactar documentos… pero les cuesta escuchar el sufrimiento real, dialogar con quienes están fuera o responder a las preguntas incómodas.
El resultado es una Iglesia que habla, pero no comunica; que decide, pero no convence; que actúa, pero no siempre transmite justicia. Y eso tiene consecuencias. Porque la credibilidad no se pierde solo por grandes errores, sino también por la acumulación de pequeñas desconexiones.
Mientras tanto, la base creyente cambia. Ya no es una mayoría sociológica que acepta sin cuestionar. Es una minoría más consciente, más crítica, que no entiende por qué las denuncias parecen no tener efecto, por qué las injusticias no se corrigen o por qué quienes alzan la voz son percibidos como molestos en lugar de necesarios.
En este punto, la referencia al Evangelio deja de ser decorativa para volverse decisiva. Porque el Evangelio no es un conjunto de ideas piadosas, sino una forma concreta de situarse ante la realidad. Y esa forma tiene rasgos muy claros: escucha al que sufre, confronta al poder cuando se desvía y pone siempre en el centro a la persona, no a la institución.
Jesús no construyó una estructura cerrada ni protegió su autoridad evitando el conflicto. Al contrario, entró en conflicto precisamente con quienes habían convertido la religión en un sistema de control. Denunció a quienes usaban la ley para justificar su posición y olvidaban su sentido más profundo. Y lo hizo con palabras duras, sin matices, sin refugiarse en equilibrios diplomáticos.
Por eso resulta inquietante cuando la Iglesia da la impresión de funcionar en sentido contrario: más preocupada por proteger su funcionamiento que por corregir sus desviaciones, más atenta a su imagen que a la experiencia real de quienes sufren dentro de ella.
No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar la complejidad de una institución global. Pero sí de recordar algo esencial: la Iglesia no existe para gestionarse a sí misma, sino para ser signo de algo que la supera. Y cuando ese signo se oscurece, no basta con mantener las estructuras funcionando.
Hace falta algo más difícil: escuchar de verdad, corregir lo que no funciona y aceptar que la crítica, incluso la más incómoda, puede ser una forma de fidelidad. Porque muchas veces quienes denuncian no están contra la Iglesia, sino contra aquello que a la misma Iglesia la aleja de su propia raíz.
A todo esto, se suma un momento especialmente significativo: la próxima visita del Papa León XIV a España. Se prepararán actos, se cuidarán los gestos y se repetirán palabras necesarias como “misericordia”, “escucha, diálogo” o “periferias”. Pero la cuestión de fondo sigue siendo otra: si esa visita servirá también para mirar de frente estas situaciones concretas de injusticia que están alejando silenciosamente a muchas personas de la Iglesia.
Porque no se trata de teorías. Son historias reales. Como la de una mujer creyente, comprometida, participante en la vida de la Iglesia, que esta tarde me comentaba que un día decidió marcharse. No por indiferencia, sino por dolor. Cuando asesinaron a Ignacio Ellacuría, escuchó cómo desde sectores de la propia Iglesia se le descalificaba llamándolo comunista. Aquello fue para ella un punto de ruptura. Sintió que la Iglesia no defendía a quienes daban la vida por el Evangelio, sino que los etiquetaba para neutralizarlos. ¡Y no volvió!
Historias así no son excepciones. Son parte de una herida más amplia. Hay muchas personas que se están alejando, no por falta de fe, sino por falta de acogida, de justicia y de coherencia por parte de la Institución. Y lo más preocupante es la sensación de que, en algunos ámbitos, esa pérdida no genera verdadera inquietud. Como si la Institución hubiera aprendido a asumir la salida silenciosa de los fieles sin preguntarse demasiado por sus causas.
Si esa escucha no se produce, el riesgo no es solo perder credibilidad. Es algo más profundo: perder el sentido. Convertirse en una organización eficaz, pero vacía; en una institución sólida, pero desconectada; en una voz que habla de Evangelio sin dejarse transformar por él.
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Y entonces la pregunta deja de ser retórica para volverse urgente: ¿quién está escuchando realmente dentro de la Iglesia? Porque si las voces que claman por justicia siguen chocando contra un muro de silencio, no será solo un problema de comunicación. Será un problema de identidad.
Y ese, quizá, es el más grave de todos.
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El problema es que muchas políticas parten de un diagnóstico correcto —la vivienda se ha vuelto inaccesible—, pero evitan enfrentarse al núcleo del conflicto: su subordinación a la rentabilidad privada. Además, muchas de esas medidas se insertan en un mercado que los Estados no controlan plenamente, donde los precios, el suelo, el crédito, la inversión y el uso de las viviendas están condicionados por actores privados con gran capacidad de presión.
La crisis de la vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo. El Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat) estima que, para 2030, unos 3.000 millones de personas necesitarán acceso a una vivienda adecuada; la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por su parte, advierte que los precios reales de la vivienda han aumentado más de un 40% de media en la última década; mientras que el Parlamento Europeo recogía en un reciente informe que, entre 2015 y 2024, los precios de la vivienda en la Unión Europea aumentaron un 53 %, mientras los alquileres subieron un 27,8% entre 2010 y el primer trimestre de 2025.
En Europa esta crisis se expresa, ante todo, en relación a la asequibilidad: salarios que no alcanzan, alquileres desbordados y ciudades convertidas en territorios de renta. En América Latina se entrelaza con déficits históricos, informalidad urbana, segregación social y desigualdad territorial. En África aparece ligada a una urbanización acelerada que avanza más rápido que la capacidad pública —debilitada por décadas de dependencia y políticas de ajuste— para garantizar vivienda, servicios e infraestructuras. En Asia, con enormes diferencias entre países, se combina con megaciudades en expansión, migraciones internas masivas, encarecimiento del suelo urbano y grandes operaciones inmobiliarias que transforman barrios enteros; India muestra con claridad esa tensión entre urbanización acelerada, asentamientos informales, grandes y millonarios proyectos urbanísticos y dificultad de acceso a vivienda digna.
lLa clave, por tanto, no está solo en la escasez, aunque falten viviendas asequibles. Tampoco está solo en los salarios, aunque la brecha entre ingresos y precios sea cada vez mayor. Se construye mucho, pero no necesariamente para quienes necesitan vivir; se urbaniza sin garantizar el derecho a habitar; se producen viviendas, barrios e infraestructuras, pero cada vez más condicionados por su capacidad de generar rentabilidad. La crisis mundial de la vivienda expresa así una transformación más profunda y nos obliga a formular una pregunta precisa: ¿cómo es posible que, en sociedades con capacidad técnica suficiente para levantar ciudades enteras, vivir bajo techo se haya convertido en una fuente permanente de angustia social?
Para responder a esa pregunta resulta útil acudir a la obra del antropólogo y geógrafo David Harvey, que lleva décadas investigando la relación entre capitalismo, urbanización y acumulación. Su planteamiento parte de una idea sencilla pero fundamental: la ciudad no es solo el escenario donde transcurre la vida social, sino también un espacio donde se invierte capital, se revaloriza el suelo y se abren nuevos ciclos de rentabilidad. En determinadas fases de expansión o de crisis, la inversión en vivienda, infraestructuras, crédito hipotecario, turismo o grandes proyectos urbanos permite absorber excedentes de capital y convertir el espacio urbano en una fuente de negocio.
Desde esta perspectiva, la construcción de ciudad no responde únicamente a necesidades demográficas o habitacionales. También responde a lógicas económicas vinculadas a la valorización del suelo y de los activos inmobiliarios. Una vivienda sirve para vivir, pero también puede convertirse en inversión, garantía bancaria, fuente de renta o alojamiento turístico. La tensión aparece cuando esta segunda función se impone sobre la primera: cuando la casa deja de organizarse principalmente en torno a la necesidad de habitar y pasa a depender de su capacidad para generar beneficio.
Esta conversión de la vivienda en mercancía no es nueva. Lo que ha cambiado en las últimas décadas es la escala, la velocidad y la profundidad del proceso. La desregulación financiera, la liberalización del suelo, la privatización de vivienda pública y la expansión del crédito hipotecario eliminaron muchos de los límites que, durante parte del siglo XX, habían contenido parcialmente la lógica especulativa. A partir de ahí, la vivienda se integró cada vez más en circuitos globales de inversión: hipotecas titulizadas, alquileres convertidos en flujos de renta, barrios transformados en marcas urbanas y viviendas residenciales reorientadas hacia el turismo.
En este escenario, el mercado de la vivienda ya no puede explicarse solo a partir del pequeño propietario, la promotora local o el banco nacional. Intervienen actores capaces de operar a escala mundial y de alterar los incentivos del mercado. BlackRock, con alrededor de 14 billones de dólares en activos bajo gestión, ejemplifica la dimensión alcanzada por las grandes gestoras financieras: capital que se mueve entre países, sectores y activos buscando rentabilidad. Booking, por otra vía, muestra el poder de las plataformas digitales que no necesitan poseer viviendas para influir en su uso, porque organiza a escala global la demanda turística y puede hacer más rentable destinar pisos al alojamiento temporal que al alquiler residencial.
Ambos ejemplos ayudan a entender cómo la vivienda se ha ido alejando de su función cotidiana para incorporarse con mayor intensidad a circuitos globales de rentabilidad. Por eso vemos fenómenos que no son idénticos —la turistificación de Lisboa o Barcelona, la gentrificación de Ciudad de México, la crisis de alquileres en Berlín, los campamentos en Chile, la financiarización inmobiliaria en Estados Unidos o la expulsión de vecinos de barrios enteros convertidos en escaparates para el consumo global—, pero que comparten una misma tensión de fondo: la subordinación creciente del derecho a habitar a la lógica del mercado y la rentabilidad.
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Así, este escenario explica también por qué la vivienda se ha convertido en un eje creciente de movilización popular. Allí donde el salario ya no garantiza el alquiler, donde la juventud no puede emanciparse o donde los barrios se vacían de vecinos para llenarse de apartamentos turísticos, la vivienda deja de ser un problema privado y se convierte en un conflicto político de primer orden. De ahí el crecimiento de sindicatos de inquilinos, plataformas contra los desahucios, organizaciones barriales contra la turistificación, redes de apoyo mutuo frente a los fondos buitre y movimientos por el derecho a la ciudad.
Esa presión social ha obligado a los Estados a responder, aunque de forma desigual y muchas veces insuficiente. El problema es que muchas políticas parten de un diagnóstico correcto —la vivienda se ha vuelto inaccesible—, pero evitan enfrentarse al núcleo del conflicto: su subordinación a la rentabilidad privada. Además, muchas de esas medidas se insertan en un mercado que los Estados no controlan plenamente, donde los precios, el suelo, el crédito, la inversión y el uso de las viviendas están condicionados por actores privados con gran capacidad de presión. Construir más puede ser necesario allí donde existe déficit real, pero no resuelve por sí mismo la crisis si lo construido se orienta al lujo, al turismo, a la inversión o a la especulación. Del mismo modo, las ayudas al alquiler pueden aliviar situaciones urgentes y no deben despreciarse, pero sin regulación corren el riesgo de convertirse en una transferencia indirecta de recursos públicos hacia los propietarios. Mientras la vivienda funcione antes como activo que como un derecho, los Estados administrarán la emergencia más que resolverla.
La crisis mundial de la vivienda obliga, por tanto, a formular otra pregunta radicalmente sencilla: ¿para qué y para quién se construyen nuestras ciudades? Si la respuesta sigue siendo la rentabilidad, la vivienda continuará siendo una fuente de angustia social, endeudamiento y expulsión. Si la respuesta es el derecho a habitar, no bastará con corregir algunos excesos del mercado. Habrá que disputar el lugar mismo que ocupa la vivienda en la organización económica de nuestras sociedades.
La reciente visita del papa León XIV a España ha vuelto a encender un debate social que merece una reflexión tranquila. Las multitudes entusiastas, las pantallas gigantes, los estrictos despliegues de seguridad y la inmensa atención de los medios de comunicación nos invitan a hacernos una pregunta de fondo: ¿estos eventos masivos expresan realmente los valores del mensaje cristiano original, o son más bien una forma de admiración desmedida hacia la propia institución eclesiástica y sus líderes?
Para comprender este fenómeno, el lenguaje sociológico y religioso utiliza dos conceptos muy útiles que conviene definir de forma sencilla:
Papalatría: Es la admiración exagerada o la idealización extrema de la figura del papa. Ocurre cuando se le trata casi como a una celebridad o estrella de cine, olvidando que, dentro de la propia teología, es un ser humano que ejerce una función de servicio, no una figura de culto en sí misma.
Eclesiolatría: Es un paso más allá. Consiste en poner a la Iglesia —es decir, a la organización, sus normas internas, sus palacios y sus estructuras burocráticas— en el centro absoluto de la fe. El riesgo de esta actitud es que la institución se vuelve tan sagrada e intocable que termina eclipsando el mensaje que originalmente debía transmitir.
Para comprender este contraste, es muy útil acudir a los relatos de los evangelios. La prioridad de Jesús de Nazaret nunca fue fundar una organización con poder político o económico, sino anunciar lo que él llamaba el «Reino de Dios». Con esta expresión no se refería a un territorio geográfico ni a un gobierno con ejércitos, sino a un cambio profundo en las relaciones humanas: una propuesta de convivencia basada en la justicia social, la compasión y la dignidad compartida, con una atención prioritaria hacia las personas olvidadas, vulnerables y pobres. Jesús no buscaba seguidores que aplaudieran estructuras rígidas, sino personas comprometidas en construir un mundo más humano.
Sin embargo, la historia muestra cómo el cristianismo experimentó una profunda transformación. La Iglesia, que en sus inicios fue una comunidad sencilla de personas al servicio de este ideal comunitario, comenzó a crecer y a adoptar normas complejas, sistemas de gobierno internos y jerarquías estrictas. Con el paso de los siglos, el instrumento diseñado para difundir el mensaje (la organización) adquirió tanto peso que empezó a considerarse un fin en sí mismo. El peligro surge precisamente ahí: cuando la estructura se vuelve más importante que la meta original.
Este cambio de enfoque se hace muy evidente en las transmisiones de los informativos actuales. La atención de los medios suele centrarse casi exclusivamente en los detalles del protocolo, el número de asistentes, la logística o la lista de líderes políticos invitados a la misa papal. Rara vez se plantea la pregunta fundamental: ¿servirá este gran despliegue para que la sociedad sea más justa o comprometida con el sufrimiento ajeno? Con frecuencia, la espectacularidad del evento termina ahogando su sentido esencial.
Este problema no depende de si un papa específico agrada más o menos a la opinión pública, sino de dónde colocamos nuestra atención. El riesgo real es que las personas confundan el compromiso ético con la obediencia ciega a una entidad.
Aquí se observa un contraste evidente con la mentalidad contemporánea:
El modelo civil y democrático: En las democracias modernas, la ciudadanía está acostumbrada a debatir, opinar, votar y fiscalizar de forma crítica a sus gobernantes.
El modelo eclesiástico: En la Iglesia, la autoridad funciona de manera vertical y jerárquica. El problema de la eclesiolatría es que tiende a blindar esta estructura, convirtiéndola en una especie de burbuja donde no se facilita la autocrítica ni la reforma necesaria.
Jesús advirtió explícitamente a sus discípulos sobre esta tentación de acumular poder cuando discutían por el liderazgo: «No ha de ser así entre vosotros». Para el cristianismo original, tener autoridad no significaba poseer privilegios, sino ponerse al servicio de la comunidad.
Esta tendencia a sobreproteger a la institución no sólo interesa a las personas creyentes, sino que afecta a toda la ciudadanía. En España está abierto un debate legítimo sobre los privilegios de la Iglesia católica en materias como la financiación pública, las inmatriculaciones, las exenciones de impuestos (como el IBI), o su papel en el sistema educativo.
Estos debates son naturales y necesarios en cualquier sociedad democrática. Sin embargo, a menudo quedan invisibilizados bajo el brillo, los cantos y el entusiasmo de las grandes citas papales. Uno de los síntomas más claros de la eclesiolatría es la resistencia a someter a la Iglesia a las mismas preguntas críticas, legales y de transparencia que se le exigen a cualquier otra institución humana.
Cuando una organización queda protegida del examen público por el simple hecho de ser religiosa, se cae en una seria contradicción. Los textos históricos describen a Jesús como alguien que vivió sin acumulación de dinero, ajeno al poder político y al lado de los marginados de su tiempo. En contraposición, la estructura que habla hoy en su nombre aparece frecuentemente vinculada a esferas de notable influencia económica y política.
El éxito de la visita de un papa no debería medirse por la eficiencia de su organización ni por la cantidad de personas que llenan un estadio. La pregunta verdaderamente importante es si el evento ayuda a acercar a la Iglesia al mensaje original de fraternidad. El cristianismo, en su raíz, no es una invitación a venerar instituciones sagradas, sino una llamada constante a revisar si nuestras leyes, prácticas y comportamientos diarios construyen un entorno más justo y compasivo.
Ninguna organización, por muy respetable o religiosa que sea, debería usar la fe como un escudo para evitar las preguntas incómodas de la sociedad moderna. Al final, lo decisivo no es cuánto crece la admiración hacia el líder o hacia la estructura, sino cuánto avanzan los valores universales de la libertad, la igualdad y la justicia. Allí donde esos valores avanzan, el mensaje cobra vida; allí donde quedan ocultos por la propia auto-celebración institucional, se corre el riesgo de cometer el error definitivo: adorar al mensajero y extraviar el mensaje.

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En nuestros días hay millones de migrantes por tierra y mar en busca de mejores condiciones de vida. Según datos de la ONU, en 2025 había en el mundo 304 millones de migrantes. Hoy, con más de cien zonas de conflicto, como acaba de informar el coordinador de la Cruz Roja, serán muchos más, pues la humanidad está viviendo una ininterrumpida guerra civil. La mayoría huye de guerras que causan innumerables víctimas. Otros emigran porque sus tierras se han vuelto infértiles debido al exceso de calor. También están quienes buscan otros países debido a persecuciones religiosas o políticas.
El mayor número proviene del África subsahariana y de Oriente Medio, ambos en dirección a Europa. Hay además muchos miles de latinoamericanos que emigran ilegalmente a Estados Unidos.
Todos los inmigrantes indocumentados, bajo la presidencia de Donald Trump, están siendo expulsados del país. Esto fue realizado por una policía especial, el ICE, que utilizó la violencia e incluso la fuerza bruta para obligarlos a emigrar.
Son inolvidables las escenas cobardes de aquellos agentes del ICE cazando inmigrantes indocumentados en las calles, en las escuelas, en las fábricas, en las explotaciones agrícolas e incluso en las iglesias. El presidente Donald Trump considera injusta y prejuiciosamente a esos inmigrantes como gente mala, ladrones y asesinos, cuando en su gran mayoría hacen funcionar los servicios en hoteles, restaurantes, fábricas, producción agrícola y muchos otros sectores, perjudicando con su expulsión los negocios de los propios estadounidenses.
Resulta chocante la violencia aplicada a los inmigrantes detenidos y deportados, arrojados en grandes aeronaves, encadenados como si fueran ganado, sin ningún respeto por su dignidad. Revolucionó especialmente el arresto de un niño de 5 años, esposado como si fuera un adulto, como forma de atraer al padre y detenerlo. La indignación fue nacional e internacional, obligando a las autoridades responsables a liberar al niño y a su padre.
En Europa, los migrantes son generalmente mal recibidos, tanto los provenientes de África como los de Oriente Medio. Muchos murieron en la travesía en embarcaciones sin ninguna seguridad. El Mediterráneo se transformó en una sepultura de cientos y cientos de personas que allí se ahogaron. La indiferencia y la falta de sensibilidad indignaron al Papa Francisco cuando estuvo en Lampedusa, lugar de llegada de muchos inmigrantes. Criticó duramente el hecho de que los europeos hubieran perdido la sensibilidad y la capacidad de llorar por el sufrimiento de sus semejantes.
En algunos países fueron totalmente rechazados, como en Hungría bajo el hoy ex presidente Orbán, de extrema derecha y violento. En la muy cristiana Polonia se admite selectivamente solo a cristianos, negando hospitalidad a musulmanes o personas de otras denominaciones religiosas.
Se teme que el cambio climático, acelerándose cada vez más y destruyendo vastas regiones con grandes inundaciones, severas sequías e inmensos incendios, termine creando oleadas de miles y miles de migrantes que buscan salvar sus vidas. Sus lugares de origen se han vuelto prácticamente inhabitables. La ONU ha advertido a los países centrales y desarrollados que preparen sus infraestructuras para acoger y dar hospitalidad a estos damnificados.
La hospitalidad aparece como un valor de referencia para enfrentar este fenómeno mundializado. Las migraciones masivas podrán desestabilizar naciones enteras y las políticas sociales, dada la gravedad de la situación creada por los cambios en la geopolítica (la disputa por la hegemonía mundial entre Estados Unidos, Rusia y China), por los trastornos climáticos provocados por la crisis ecológica y por la corriente marítima de El Niño.
Hoy, la capacidad de mostrar hospitalidad —considerada por todas las tradiciones culturales como uno de los más altos valores en las relaciones humanas— revela cuánto de sensibilidad y humanidad subsiste todavía entre nosotros, tanto como personas individuales y como sociedades complejas. Las actuales desigualdades escandalosas, fruto de una acumulación inimaginable de riqueza por parte de unos pocos que explotan a muchos y devastan los bienes y servicios naturales, no ofrecen señales de esperanza de que prevalezcan la sensibilidad y la humanidad, base de la hospitalidad, frente a los millones de migrantes a nivel mundial.
Aun así, vencidos y derrotados, jamás desistiremos del empeño en favor de los migrantes y refugiados, despreciados y rechazados, pues esa causa, por ser verdadera, es invencible. En ella se muestra lo mejor que existe en los seres humanos: compadecerse de los peregrinos forzados, de los migrantes; vivir la solidaridad concreta frente a su frágil situación; y el amor incondicional hacia esos humillados y ofendidos. Según los relatos bíblicos y el sentido de uno de los más conmovedores mitos griegos sobre la hospitalidad —el de los ancianos Báucis y Filemón— quien hospeda al peregrino y al desconocido está hospedando anónimamente al propio Dios.
La familia del Hijo del Hombre fue inmigrante en Egipto y volvió sagrado todo empeño en favor de quienes viven penosamente una situación semejante. Por eso, una realidad parecida representa para la conciencia un llamado ético permanente, incluso en medio de dificultades, prejuicios y rechazos. Al fin y al cabo, todos somos migrantes y huéspedes en esta Tierra que pertenece tanto a los presentes como a las futuras generaciones. Todos pasamos. Solo ella, la Casa Común, permanece todavía por millones de años, girando alrededor del sol y gestando vida para la naturaleza y para la humanidad.
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Existe un interesado malentendido en la manera tradicional de interpretar la expulsión de los mercaderes del Templo por parte de Jesús de Nazaret. La narrativa bienpensante y convencional ha tendido a reducir este episodio a una simple rabieta moralina: el Maestro se habría enfadado únicamente porque los cambistas cobraban comisiones abusivas o engañaban con el peso de las balanzas en el atrio. Bajo esta óptica descafeinada, el problema no era el comercio en sí mismo, sino la falta de ética de algunos mercaderes particulares que profanaban el recinto sagrado de Jerusalén. Sin embargo, reducir el gesto de Jesús a una demanda de capitalismo ético, o a una exigencia de comercio justo y regulado, significa vaciar el relato de su potencia verdaderamente revolucionaria. Su acción no fue una propuesta de reforma regulatoria ni un código de buenas prácticas; fue un ataque simbólico y teológico radical a la institución misma del mercado y a la propiedad privada que lo sustenta, proponiendo el Reino de Dios como la antítesis absoluta de la economía del mundo.
Para comprender el alcance real de esta provocación, es crucial entender que el espacio sagrado del que Jesús quiere expulsar la lógica mercantil es infinitamente más amplio que los muros de piedra del Templo de Jerusalén. Semanas antes de este suceso, en su célebre encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Siquem, el Maestro ya había desmantelado por completo la geografía nacionalista y estática de lo sagrado. Al ser preguntado sobre dónde se debía adorar a Dios —si en el monte Garizim de los samaritanos o en el templo de los judíos—, Jesús respondió con claridad que no era en ningún santuario concreto donde había que dar culto al Padre, sino que la verdadera adoración se realizaría a partir de entonces en espíritu y en verdad. Con estas palabras, operó una revolución cósmica: desbancó los santuarios de piedra y declaró que el Templo de Dios es la creación entera, el planeta entero.
Si el mundo es el verdadero Templo, entonces la humanidad es la familia que está llamada a habitarlo. Honrar a Dios en espíritu y en verdad no consiste en realizar transacciones rituales, ofrendas monetarias o sacrificios de animales, sino en el acto profundamente político, humano y espiritual de hermanarse. La Tierra es el hogar común de una humanidad que debe vivir bajo la lógica de la fraternidad y el cuidado mutuo, y no bajo el imperativo del beneficio propio. Por lo tanto, cuando la lógica del mercado invade las relaciones humanas, lo que se está profanando no es un edificio de piedra o una institución eclesiástica, sino el tejido sagrado de la convivencia humana y la dignidad de los hijos de Dios.
Esta adoración fraterna entra en contraposición directa con el orden económico globalizado. En tiempos de Jesús, el Templo de Jerusalén operaba materialmente como el banco central, el depósito de riquezas de las élites y el gran motor comercial de la región. El sistema de tributos religiosos obligatorios y el monopolio del
comercio de animales despojaban sistemáticamente a los campesinos y artesanos de sus tierras y de su sustento, convirtiendo a los dueños del capital y a las castas sacerdotales en los verdaderos salteadores legalizados. La cueva de ladrones de la que hablaba Jesús era, precisamente, ese sistema comercial basado en la propiedad privada y en la acumulación, un entramado que divide a las personas en clases antagónicas con intereses contrapuestos, y que clasifica y valora a los seres humanos según la cuantía de sus posesiones y su poder adquisitivo.
En este sentido, el tipo de relación que el mercado impone a los individuos no es estructuralmente diferente del que existe entre las bandas mafiosas. Aunque el mercado legal goza de legitimidad jurídica y las mafias operan en la ilegalidad, ambos comparten exactamente el mismo principio rector: el beneficio propio, el control del territorio y la acumulación de poder a costa del rival. En ambos sistemas, la relación humana es puramente instrumental, puesto que el otro es visto apenas como un recurso, un peón, un cliente al que extraer valor o un competidor al que hay que batir. Las bandas mafiosas mantienen la paz mediante la negociación de cuotas de poder y el reparto de beneficios económicos mutuos mientras las treguas funcionan. Del mismo modo, el mercado global opera a través de pactos comerciales, fusiones corporativas, diplomacia financiera y tratados de libre comercio.
Sin embargo, cuando los intereses chocan y ya no hay manera de resolver los conflictos por medios estrictamente económicos, la verdadera naturaleza del sistema sale a la luz. En el mundo criminal, estalla la violencia explícita y la guerra de bandas por el control de las calles. En el orden internacional, las guerras que ocurren entre naciones siguen exactamente la misma premisa: se llega al conflicto armado cuando las diferencias de mercado, el control de los recursos naturales o las disputas por las rutas comerciales no se pueden resolver mediante la negociación y el libre juego de la oferta y la demanda. La guerra, por tanto, no es una avería o un fallo del mercado, sino su continuación lógica por otros medios. La violencia explícita de los ejércitos o de los sicarios es sólo la manifestación final de una violencia implícita previa: la de un orden social que dictamina que tanto tienes, tanto vales.
Al rechazar radicalmente el mercado, Jesús propone una forma completamente distinta de relación entre los seres humanos. El anuncio de un Reino que no es de este mundo no hace referencia a un más allá etéreo, flotante o post-mortem, sino al establecimiento aquí y ahora de un sistema social y espiritual con valores absolutamente distintos a los de la posesión, la competencia y la capacidad de adquisición. Es la propuesta de una economía del don y de la gratuidad que subvierte el orden económico contemporáneo. En un mundo actual donde absolutamente todo se compra, se vende o se privatiza —desde los derechos humanos más fundamentales como la salud y la educación, hasta los recursos naturales del planeta y las relaciones afectivas—, se vuelve imperativo profundizar en la concreción de formas de vida alternativas.
Rescatar la memoria del Jesús que volcó las mesas de los cambistas exige el compromiso ético de expulsar la lógica del mercado del espacio sagrado de la vida, devolviéndole a la humanidad la certeza de que el mundo es una casa común para el encuentro, el compartir y la hermandad universal.
