Organizaciones internacionales, consideradas rigurosas y serias, afirman que en nuestro mundo de hoy 1.100 millones de personas viven en situación de pobreza extrema; quieren decir que sus ingresos están por debajo de 2,15 dólares al día. Cómo se medirán esas cosas? Además, suelen coincidir en situar a todos esos millones de personas en el continente africano y en zonas de Asia.

Si se considera pobreza extrema a esa condición económica, con todo lo que ello significa de imposibilidad total de resolver las urgencias más elementales: la comida, la salud, la vivienda, el vestido, etc., ¿qué pasará en otros lugares?

No conozco más que algún país centroamericano, pero estoy casi seguro de que en esa zona del mundo se vive una forma de pobreza que no se percibe hasta que uno se acerca y mire con tiempo, sin prisa de turista, de visitante cortés y llano, y comienza a preguntarse cuando se aleja.

¿De qué vive esta gente?

- “¿Cómo que en qué trabajo? En lo que puedo, seño… ¿En qué puedo trabajar? ¿Donde hay trabajo para mí y ahora mismito lo tomo?”

- “Pero tendrá sus bienes”.

- “Bienes de qué, seño? Fíjese, mis papás tenían un terrenito de 15 cuerdas. Para que me entienda: uno cuerda es un cuadrado de 20 metros de lado. Ya se imaginará. Nosotros somos siete hermanos. Así que los papás nos heredaron 2 cuerdas a cada uno. Yo soy más pobre que mi papá.

- ¿Entonces?.

“Si un vecino va a preparar su terreno para sembrar la milpa y me llama, allá voy a las cuatro de la mañana con mi azadón hasta que el sol caliente. Y al día siguiente volveremos, hasta que la tarea termine. Me pagará lo que se acostumbra, o un poco menos, porque lo que sobra es quien busque trabajo. Si otro vecino necesita muchos hombres en un solo día sin parar, para echar la terraza de su casa subiendo cubetas de concreto, allá vamos. Y, si no voy «hoy por ti y mañana por mí», me pagará lo que se acostumbra”.

- “Y qué más?

- “Hasta hace poquito podíamos subir a la montaña y talar un par de alisos o un encino. Durante unos días lo partíamos para leña y la bajábamos a la casa; luego, lo íbamos vendiendo en la ciudad y un poco para la cocina. Pero ahora ya quedan pocos árboles y se necesita autorización de la muni, y hay que pagarla. Mi esposa, a ratitos, borda fundas de almohadas y de cojines; luego baja a la costa, pasa el río y las vende en Mexico. Con el dinero que le don compra algunas cosas que son más baratas allá.

Ya sabe, cuando se muere alguien en una casa vecina, todos nos ayudamos; mi mujer va a echar una mano. Habrá que cocinar esos días para mucha gente. Al velorio llegan de muchos sitios: vecinos cercanos y conocidos; otros vendrán también a «acompañar», aunque no sean conocidos.

A lo mejor usted no sabe, don, cómo es un velorio en nuestra tierra. Se llega a la casa del difunto; van en fila, según llegan se abraza a los familiares, y al mismo tiempo, se les dicen al oído unas palabras de consuelo y de conformidad, y ya se sientan en las sillas que están preparadas para todos. Y a todos los que llegan hay que ofrecerles algo: an otol, café, un pan dulce. Según la hora, se dan tamales o arroz con pollo... Ya sabe, unos tienen y otros deben... Cada uno sabe lo que puede.

Las mujeres que vienen y los hombres, traen a la familia doliente una libra de azúcar o de arroz, o de frijol, o algo de dinero. Pero a todos se les atiende, y eso lleva muchas manos. Y al final, a las mujeres que ayudaron, se les da algo si se puede. También viene un pastor evangélico, un párroco, si el difunto era católico, o un catequista: hacen una oración y una prédica. Igual pasan dos horas cuando se van. Por eso hay que dar algo siempre, para que resistan”

- “Pero hay que comer y cenar y desayunar todos los días”.

- “También sembramos unas papas y unas zanahorias y unos tomates, una esquinita del terreno. Y unas gallinas y un «cochito» (un cerdito) que cuida lo mujer. Cuando yo es grande, lo vende. Yen el monte ya sabemos todos que hay hierbas sabrosas: los bledos, la hierba mora, berros... Y el maíz y el frijol que sembramos. No nos dura todo el año, pero nos arreglamos. Que no nos falten unas tortillitas, aunque sean sólo con sal, o unos tamalitos de maíz. Un té de higo o un poco de café...”


Pero lo que siempre apetece es un poco de carne de res, un churrasco o uno de esos exquisitos tamales de carne y salsas y pasas y ciruelas... Pero eso, sólo en una fiesta, en una boda.

Es cierto que, tratándose de países cálidos, casi no se necesita ropa de mucho abrigo. Además, no es difícil encontrar calzado o vestidos o camisas... Continuamente llegan unos enormes fardos de ropa usada, “pacas” las llaman. Se trata de ropa y calzado de desecho, procedente de Estados Unidos. Por todas partes se encuentran tiendas donde se puede elegir lo que te guste a precios muy bajos y no en mal estado. Tambián es verdad que hay enseñanza pública, escuelas, institutos y parvularios. Con un profesorado de muy baja cualificación. En su mayor parte, dejaron de leer desde que acabaron sus estudios. Tampoco se utilizan demasiados libros en los centros; con escasas dotaciones, anticuado sistema de enseñanza, casi total desconocimiento de segundo idioma, escasez de profesorado y excesivo número de alumnos por aula, con menor número de horas lectivas durante el año, siempre interrumpidas por cualquier tipo de celebraciones.

Y así nos vamos arreglando. Si enfermamos o tenemos un accidente, acudimos al hospital público, Y deseémonos lo mejor: lo peor siempre es una posibilidad.

¿Y a la vejez que se puede esperar? Recordemos que en ningún momento hemos hablado de pago de impuestos. Sólo faltaría eso. A la vejez, soledad, abandono, inseguridad. Miedo. En más de una ocasión oí un comentario como este: era a propósito de una mujer soltera que acababa de tener un hijo: “Ahora, por lo menos, ya tiene a alguien que la cuide cuando sea vieja”.

A esto es a lo que se llama “economía informal” para no decir pobreza. Para no decir hambre. Estoy seguro, con total seguridad, de que muchas personas adultas apenas habrán probado la leche desde que dejaron de mamar siendo bebes. Pobreza. Esa pobreza silenciosa, oculta tras la sonrisa eterna, como la eterna primavera que tanto nos encanta allá. Esa pobreza que se esconde tras las niñas y niños a los que se les van los ojos cuando ven en la tele tantas cosas buenas que ellos nunca tendrán. Ese tipo de hambre que humilla, avergüenza y mata. “La actual, la más canalla de la historia, -así la llama Martin Caparros en ese libro desolador- ya no es un problema técnico, sino político, lo que quiere decir que no es tanto un problema de pobreza como de riqueza y de la concentración de ésta”.

Cómo se llama esto?

No es lo mismo sobrevivir que vivir con dignidad. Y con esperanza. Eso no es vivir.

José Antonio Noval - Marzo de 2026