Existe un fenómeno sociológico que a simple vista parece una contradicción biológica, pero que el capitalismo tardío ha perfeccionado durante décadas: el trabajador empobrecido que defiende con vehemencia los intereses de la élite económica. El sociólogo brasileño Jessé Souza dedicó una obra entera a responder una pregunta incómoda: ¿por qué tantos sectores vulnerables terminan defendiendo el sistema que los mantiene en la precariedad?
La respuesta no se encuentra en las variables macroeconómicas, sino en los pliegues de la ideología. Al sujeto precarizado no solo se le despoja del fruto de su trabajo; se le arrebata algo mucho más estratégico: su conciencia de clase.
La autopercepción del “millonario temporal”
El aparato hegemónico ha logrado que el asalariado actual no se reconozca como tal. Aunque venda su fuerza de trabajo doce horas al día para pagar el alquiler, se le ha adiestrado para no verse como obrero. En su lugar, opera una pirueta psicológica: se autopercibe como un futuro millonario temporalmente atrapado en la escasez.
Conviene aquí precisar el concepto de pobreza. Pobre no es sólo quien carece de un techo; pobre —en términos de vulnerabilidad sistémica— es todo aquel que, si pierde su empleo mañana, no sabe cómo pagará sus cuentas el mes siguiente. Sin embargo, bajo la lógica del “siervo ambicioso”, se inocula la promesa de que se alcanzará la cima, siempre y cuando jamás se cuestione la legitimidad de esa cima.
Los dueños del sistema necesitan que el oprimido externalice la culpa hacia el individuo y nunca hacia la estructura.
Por eso este perfil es tan funcional al modelo: se convierte en el guardián involuntario del mecanismo que lo explota. La tragedia radica en que se le convence de que su enemigo no es quien concentra el poder y la riqueza, sino su igual: el que protesta, el que reclama derechos, el que se organiza. Es entonces cuando se activan los mantras prefabricados por los think tanks de la élite: “el pobre es pobre porque quiere” o “reclamar derechos es pura envidia”.
El sofisticado engaño al sector ilustrado
Es un error común pensar que la manipulación ideológica sólo surte efecto en personas con bajo nivel educativo o escaso acceso a la información. El aparato ideológico del sistema dominante es sumamente sofisticado y despliega narrativas diseñadas específicamente para sectores con un alto nivel cultural y académico. A profesionales, universitarios e
intelectuales se les vende una idea sutilmente empaquetada: que la teoría marxista sobre la existencia de clases antagónicas y la lucha de clases está obsoleta.
A través de la academia, los medios de comunicación de prestigio y la literatura de gestión empresarial, se difunde el mito del fin de las ideologías. Se argumenta que el capitalismo moderno es tan dinámico, horizontal y meritocrático que las viejas categorías de burguesía y proletariado carecen de sentido. Así, el profesional cualificado —que sigue dependiendo enteramente de una nómina y sufre niveles altísimos de autoexplotación y burnout— asume como propio el discurso del libre mercado, etiquetando el análisis crítico de clases como un “anacronismo resentido”.
Al desactivar el marco analítico marxista en los sectores ilustrados, el sistema neutraliza a quienes tienen las herramientas teóricas para articular la disidencia.
La realidad material frente al dogma
Tanto el trabajador informal, atrapado en la urgencia del día a día, como el profesional alienado, sumergido en la rutina corporativa, comparten una misma ceguera ante un principio económico fundamental: el capitalismo no premia el esfuerzo, premia la posesión de capital. Al basar su subsistencia únicamente en la venta de su tiempo y su energía, ambos caen en la trampa de la meritocracia. Ignoran que, en la lógica del sistema, las jornadas interminables y los títulos académicos son solo combustible para la maquinaria; la verdadera riqueza y el poder económico no se acumulan trabajando más duro, sino poseyendo los activos que se alimentan del trabajo ajeno.
Basta observar la realidad global para desmontar el mito del esfuerzo puro: Los sectores que realizan los trabajos más extenuantes (campesinos, recolectores, personal sanitario de primera línea, transportistas) suelen ser los peor remunerados. El éxito del capitalista resulta de la acumulación del trabajo ajeno explotado, independientemente de que este sea de cuello azul o de cuello blanco.
El defensor del libre mercado de clase baja o media vive proyectándose en el rico, convencido de que si gana el de arriba, las migajas eventualmente caerán sobre él.
Conclusión: La victoria invisible
Este fenómeno no es motivo de burla ni de caricaturización política; es una tragedia ideológica moderna. Estamos ante seres humanos despojados de pensamiento crítico, entrenados meticulosamente para defender un sistema que, por diseño, jamás los tratará como iguales.
En definitiva, la mayor victoria del capitalismo no ha sido su capacidad para generar riqueza material, sino un hito psicológico mucho más perverso: lograr que los explotados defiendan con pasión la opulencia de los explotadores.
