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¿QUÉ TIPO DE SOCIEDAD ESTAMOS CONSTRUYENDO?

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Vivimos en un tiempo de profundas transformaciones: la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la transición energética, los cambios demográficos, la reorganización de la economía mundial… Sin embargo, detrás de todos estos cambios, late una pregunta que rara vez nos formulamos con suficiente hondura: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo y al servicio de quién?

No se trata sólo de evaluar si estamos progresando, sino de dilucidar hacia dónde avanzamos, quién se beneficia de ese rumbo y quién queda relegado al margen.

Una de las marcas más preocupantes es la brecha creciente de la desigualdad. Mientras una minoría acumula cotas inéditas de riqueza y poder, amplias capas de la población afrontan severas dificultades para acceder a una vivienda, conseguir un empleo estable, llegar con dignidad a fin de mes o disponer de una atención sanitaria y unos servicios públicos adecuados. La riqueza existe y se multiplica, pero su distribución es cada día más desigual.

El problema de la vivienda es un ejemplo paradigmático. Lo que debería ser un derecho básico insustituible se ha transmutado para la mayoría en una mercancía sometida a la lógica de la rentabilidad. Comprar un inmueble resulta inaccesible para buena parte de la sociedad y los alquileres engullen una proporción asfixiante de los ingresos familiares. ¿Podemos calificar de avanzada a una sociedad en la que disponer de un techo digno depende casi en exclusiva de la capacidad económica de cada individuo?

Algo semejante sucede en el ámbito laboral. La automatización y la inteligencia artificial tienen el potencial de liberar a la humanidad de las tareas más penosas y de elevar la productividad. Pero existe el riesgo manifiesto de que sus rendimientos se concentren en quienes ostentan el control del capital, los datos y las infraestructuras tecnológicas, mientras la clase trabajadora encara la precarización, la sustitución de empleos y una inseguridad persistente. La cuestión de fondo no es rechazar o abrazar la tecnología, sino determinar quién la controla y a qué fines sirve.

Asímismo, afrontamos una crisis ecológica que ya no de es una amenaza del futuro sino una urgencia del presente. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, la escasez de agua y el agotamiento de recursos señalan los límites físicos de un modelo económico basado en el crecimiento ilimitado. La naturaleza ni es una fuente inagotable de materias primas ni un vertedero infinito para nuestros residuos.

Y mientras encaramos estos desafíos estructurales, el escenario internacional registra una inquietante expansión de los conflictos armados y de la militarización. Las guerras no sólo siembran muerte y devastación, sino que desencadenan desplazamientos masivos, hambrunas, destrucción de infraestructuras vitales y una enorme merma de recursos públicos. Es paradójico que una humanidad capaz de hitos científicos extraordinarios siga recurriendo a la guerra para dirimir disputas políticas y económicas.

Las consecuencias de este deterioro recaen sobre los colectivos más vulnerables. Millones de personas deben abandonar sus hogares a causa de la violencia, la persecución, la miseria o la degradación ambiental. A menudo contemplamos las migraciones con una mirada reduccionista, abordándolas de forma exclusiva como un problema de seguridad transfronteriza y obviando las causas originarias del éxodo.

Mientras, nuestra calidad democrática atraviesa un momento delicado. La erosión de la confianza institucional, la polarización política, la corrupción y la injerencia de los grandes poderes económicos nutren la desafección ciudadana. A ello se suma la capacidad de las grandes plataformas digitales para intermediar en el flujo informativo, condicionar la agenda pública y moldear las opiniones.

Nunca dispusimos de tanta información y, sin embargo, nunca resultó tan difícil percibir la manipulación. Aunque la I.A. ayuda notablemente en el ámbito educativo, científico y social, también puede servir para la desinformación masiva, la alteración del debate público y la polarización social. Una democracia sana exige ciudadanos informados, pero también ciudadanos dotados de pensamiento crítico.

A todo esto se añade la transformación demográfica de una sociedad que envejece acelerada-mente. Aunque el incremento de la esperanza de vida es uno de los mayores logros de la humanidad, plantea graves dilemas: ¿cómo garantizar unas pensiones y unas prestaciones públicas dignas?, ¿continuaremos cargando esta responsabilidad sobre las familias?

Todos estos síntomas comparten una matriz común. Hemos erigido una civilización muy dotada en el plano científico y técnico, pero aún no hemos sabido subordinar ese inmenso poder al bien común. Hemos multiplicado la capacidad productiva sin resolver la justicia distributiva; hemos interconectado el planeta sin asegurar una ciudadanía mejor formada; y hemos alcanzado un potencial bélico capaz de la autodestrucción sin consolidar mecanismos pacíficos para la resolución de desacuerdos.

Por ello, la pregunta no es un mero ejercicio teórico. Es una encrucijada política, económica, social, cultural y, sobre todo, ética.

Podemos aceptar el modelo actual como algo inevitable o cuestionar las decisiones e intereses que perpetúan la especulación, la desigualdad, el militarismo y el lucro por encima del bien común.

Pero también es posible concebir un horizonte distinto: una sociedad donde la economía esté al servicio de la vida, la vivienda y el trabajo garanticen una vida digna, los cuidados sean responsabilidad compartida, la tecnología y el medio ambiente estén al servicio del bien común, el origen no determine las oportunidades, las migraciones se aborden desde los derechos humanos y la cultura de la paz prevalezca sobre el belicismo.

El futuro no está predeterminado; no consiste en añorar el pasado ni infravalorar el presente, sino en asumir la responsabilidad actual de decidir cómo usar nuestra tecnología y recursos para moldear la vida de las futuras generaciones.

En este punto, la parábola evangélica de las dos casas —la edificada sobre arena y la levantada sobre roca— ofrece una lección de notable vigencia para nuestro tiempo. Una sociedad que acumula un poder económico y tecnológico sin precedentes, pero descuida la vivienda, precariza el trabajo, degrada el medio natural y abandona a sus mayores, es una estructura edificada sobre arena. Ante el primer embate de las crisis, sus cimientos ceden inevitablemente. Por el contrario, edificar sobre roca exige poner la dignidad humana en el centro, garantizar los derechos fundamentales y fortalecer la cohesión social. Las tormentas y las incertidumbres del siglo XXI llegarán sin remedio; de las decisiones que tomemos hoy dependerá que nuestra casa común permanezca en pie.