El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado el documento Venite ad me («Venid a mí»), dedicado a la transmisión de la fe hoy. Su punto de partida son las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Es una invitación a encontrar en él consuelo y esperanza. Sin embargo, estas palabras se interpretan de forma incompleta si se convierten en la llamada a una religiosidad tranquilizadora, ajena a los sufrimientos y conflictos de la sociedad.
El Jesús de los evangelios no sólo alivia nuestras cargas; también nos interpela y nos invita a transformar la realidad. Cuando habla de tomar la cruz cada día (Lc 9,23) o advierte que su mensaje provocará división (Lc 12,51), muestra que su propuesta no se limita al consuelo espiritual. Jesús convoca a trabajar por el Reino de Dios: un proyecto de vida personal y colectivo fundado en la justicia, la fraternidad, la misericordia y la atención preferente a quienes sufren.
Esta dimensión transformadora es esencial. Parábolas como la del Samaritano cuestionan una religiosidad que antepone el cumplimiento de las obligaciones cultuales a la atención concreta al prójimo herido. No basta con honrar a Dios mediante prácticas sagradas; es preciso reconocerlo y servirlo en las personas necesitadas. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si Venite ad me desarrolla suficientemente la dimensión social de la propuesta de Jesús o si deja en segundo plano la construcción del Reino de Dios en la historia.
Entre la devoción tradicional y el proyecto del Reino
Ante la pérdida de influencia de las referencias religiosas tradicionales, la pregunta básica no debería reducirse a cómo conseguir que quienes se han alejado regresen a la Iglesia. Es necesario plantearse qué imagen de Jesús y qué experiencia de Dios estamos ofreciendo.
Una de las principales aportaciones de Venite ad me consiste en situar a Jesucristo en el centro. El cristianismo no nace de la aceptación de normas, la adhesión a una institución o el aprendizaje de doctrinas abstractas, sino del encuentro con Jesús. Sin embargo, este encuentro no puede quedar reducido a una vivencia interior, a una devoción privada o a la búsqueda individual de salvación.
Jesús anunció una forma nueva de organizar las relaciones humanas que cuestionaba los valores dominantes, denunciaba la hipocresía religiosa y ponía en el centro a los excluidos. Su enfrentamiento con los poderes políticos y religiosos no fue un accidente, sino la consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Seguir a Jesús supone asumir las consecuencias de una opción por la justicia y la fraternidad, incluso cuando entra en conflicto con los intereses de quienes concentran el poder y la riqueza.
La acomodación histórica a los poderes dominantes
La crisis actual de la transmisión de la fe no se explica sólo por el secularismo; exige también un examen crítico de la trayectoria de la Iglesia. Desde el siglo IV, con Constantino, la institución fue estrechando sus vínculos con las estructuras de poder hasta confundir con frecuencia la defensa de sus propios intereses con la defensa de la fe. Este secular contubernio entre el «altar y el trono» se traduce hoy en concordatos, acuerdos privilegiados e inmatriculaciones de bienes, privilegios eclesiásticos... No resulta creíble anunciar la fraternidad de Jesús mientras se defienden ventajas económicas, jurídicas o políticas heredadas.
La contradicción aparece cuando la Iglesia se acomoda a los intereses de los dominadores en lugar de ejercer una función crítica frente a la injusticia. La autocrítica eclesial no puede limitarse a reconocer errores personales o mejorar métodos pastorales; debe alcanzar a las estructuras históricas de poder y a los intereses materiales que la condicionan.
De la institución eclesial a la comunidad de hermanos
Con frecuencia, la vida eclesial se organiza como una estructura jerárquica dirigida desde arriba, donde predominan dogmas innecesarios, ritos cerrados, normas estrictas y una nula participación efectiva de la base. Conviene distinguir entre la organización necesaria para la vida colectiva y el institucionalismo, que convierte en fines prioritarios la conservación de las estructuras, la autoridad y los privilegios. La transmisión de la fe no prospera allí donde las personas son tratadas como destinatarias pasivas. Necesita comunidades vivas donde sea posible preguntar, dialogar, disentir y compartir responsabilidades, abriendo un espacio real a las mujeres, los jóvenes y los sectores excluidos.
Fraternidad y comunión de bienes
El documento señala que la fe se transmite mediante el testimonio, pero el testimonio exige coherencia. La vocación comunitaria del cristianismo encuentra su referente en los Hechos de los Apóstoles, donde los primeros creyentes compartían sus bienes para que nadie pasara necesidad. La comunión de bienes expresa una intuición evangélica clave: los recursos deben estar al servicio de la vida y no convertirse en instrumentos de acumulación. Hoy no basta con la solidaridad asistencial o las campañas puntuales; hay que revisar las causas estructurales de la pobreza. Sin una dimensión social y económica real, la fraternidad corre el riesgo de reducirse a una palabra piadosa.
Comunidades vivas y transformadoras
Las pequeñas comunidades cristianas y los grupos de base desempeñan una función insustituible al leer el Evangelio desde la realidad de los empobrecidos. Pero no deben ser meros refugios de fraternidad en una sociedad individualista, sino semillas de transformación social. La fe adquiere dimensión profética cuando denuncia la utilización de la religión para legitimar el poder, cuestiona los privilegios incompatibles con la igualdad y reclama que la economía y la política estén al servicio de la vida.
Conclusión: Recuperar el Evangelio, no la de Cristiandad
La cuestión fundamental no es cómo conseguir que más personas regresen a la Iglesia, sino cómo lograr que nuestras comunidades se acerquen más al proyecto de Jesús. El consuelo que ofrece Cristo no es una evasión de la realidad, sino el comienzo de una vida nueva que nos impulsa a transformar aquello que produce sufrimiento.
Venite ad me acierta al centrarse en Jesucristo, pero deja insuficientemente desarrollada la dimensión histórica, social y política de su proyecto: el Reino de Dios como alternativa a los «reinos de este mundo». Su planteamiento corre el riesgo de quedar en una renovación religiosa que busca recuperar la práctica tradicional sin cuestionar las estructuras que restan credibilidad a la Iglesia. La fe no se transmite restaurando una Iglesia de cristiandad, centrada en organizar devociones, administrar sacramentos y ofrecer recetas de salvación individual. Se transmite haciendo visible, en la vida de las comunidades y en la transformación de la sociedad, la alternativa que Jesús anunció y practicó.
Más que recuperar la influencia perdida, la Iglesia debe recuperar la libertad frente a los poderes y la cercanía a los empobrecidos. Solo entonces la invitación de Jesús dejará de sonar como una promesa de refugio privado y será escuchada como una llamada a encontrar alivio en la fraternidad y a comprometerse con la construcción de un mundo más justo.
